Limerencia no es amor

 

Hace varios años traté a un paciente por un cuadro depresivo, cuyo motivo principal de consulta consistía en que se había enamorado de una persona a quien apenas conocía y que ni siquiera había intentado conquistar. La incertidumbre que le provocaba el no saber si podría ser correspondido y la fantasía de efectivamente serlo no sólo consumían energía psíquica, sino que le impedían rendir adecuadamente en el trabajo, aparte de llevarlo a que se alejara de amistades con quienes se frecuentaba.

Supuse entonces que el deterioro de su autoestima y la falta de sentido vital que evidenciaba le habían hecho aferrar a esa figura idealizada como la única esperanza de volver a ser feliz. Asumí que la creencia que podía subyacer a dicho “enamoramiento” era la que proponía David Burns en su popular libro Sentirse bien, a propósito de lo que el autor llama, no sin razón, adicción al amor: “No puedo ser pleno y feliz sin alguien no me ama. El amor es necesario para ser feliz”.

No había escuchado nada todavía sobre “limerencia”, concepto con el que pudo describirse mejor lo que a mi paciente ocurría. Hoy, es una expresión a la que se recurre habitualmente en los medios, por lo que algunos de los que leerán este post puede que ya  estén familiarizados con ella. Se usa este anglicismo ya que no contamos en castellano con un término que pueda designar algo parecido.

En los 70’s la psicóloga Dorothy Tennov lo acuñó para describir una forma peculiar de enamoramiento, caracterizado por el deseo abrumador de obtener la atención y consideración de parte de una persona en particular. Apego que por norma general no es correspondido, aunque sí se mantiene la esperanza de que quien no está disponible termine por desarrollar sentimientos recíprocos.

Es tal la frecuencia con que se experimenta algo así, en algunos de modo recurrente y hasta con distintos objetos de limerencia, que ya se están implementando modelos terapéuticos para abordar casos con estas características. Algunos han optado por intervenciones emparentadas con las aplicadas en trastorno obsesivo-compulsivo y desórdenes asociados a uso de substancias. El que se hayan descrito comportamientos incluso ritualísticos en estos pacientes ha justificado el uso de la técnica de exposición y prevención de respuesta - utilizada ampliamente en TOC -, que parece haber demostrado cierta eficacia.

Los pacientes que han tenido que separarse de su objeto de deseo también pueden presentar síntomas de abstinencia, tales como: dolor de pecho y de abdomen, insomnio, irritabilidad y desánimo. Es inferible que aquellos episodios más prolongados, que se dice pueden durar décadas, estén asociados a estos síntomas más propios de las adicciones.

Se ha confirmado, precisamente, que el correlato neurobiológico de las adicciones consiste en la activación de los mismos centros de recompensa que en casos de amor romántico intenso. En limerencia, sin embargo, no necesariamente se manifiesta un deseo sexual predominante. Es así que algunos pacientes que la sufren, y que paradójicamente no cuentan con el antecedente de una orientación de carácter homosexual, pueden experimentar un tal interés patológico por objetos de su mismo género.

Tanto el área ventro-tegmental como el núcleo accumbens son activados al experimentar las primeras chispas de un sentimiento amoroso romántico. Este sistema dopaminérgico de recompensa interactúa con oxitocina y vasopresina, neuropéptidos claves en la formación del vínculo de parejas. Mientras que la activación de áreas asociadas a emociones negativas y al juicio social estaría reducida, lo que podría explicar, según los evolucionistas, la idealización del objeto romántico.

También se observan niveles elevados de norepinefrina, que llevan a un aumento de la atención y de la formación de recuerdos, y niveles disminuidos de serotonina, de acuerdo a un patrón similar al observado en TOC. De nuevo, los partidarios de una explicación “evolucionista” suponen que estas observaciones podrían explicar la concentración intensa en el compañero amado, así como el pensamiento intrusivo propio de la etapa romántica inicial.

En los hombres, durante el involucramiento en una relación, los niveles de testosterona están disminuidos, factor que promovería la monogamia y el compromiso con la pareja. Los niveles de cortisol, en cambio, aumentan, reflejando una respuesta de estrés a nuevos vínculos sociales, alteración que favorecería que las parejas mantuvieran un vínculo amoroso por periodos prolongados.

Bajo esta perspectiva, el amor de pareja no correspondería a un constructo cultural, sino a un fenómeno biológico, que representaría claras ventajas evolutivas para la reproducción y supervivencia humanas. Lo que esta línea investigativa obvía es que el amor se vive en parejas homosexuales y no binarias de igual manera, aunque el fin reproductivo no juegue papel alguno. Parece también hacer a un lado el desarrollo antropológico de los tipos de familia, entre los que se cuentan consanguíneos, poligámicos y poliándricos; sin mencionar las experiencias comunitarias en Hungría, por ejemplo, en los 60’s y 70’s del siglo pasado.

Como he mencionado en otras publicaciones, sin biología no desarrollamos nuestra inteligencia y valores, como tampoco podríamos elegir el objeto de nuestros deseos. Pero si es el mismo sistema neurobiológico el que está en la base de los comportamientos adictivos, por ejemplo, entonces tendría que concluirse que poco tiene que ver la forma en que amamos con la evolución, y que, más bien, son los factores culturales los que moldean la expresión de tan noble sentimiento, que no es menos que la disposición a sacrificarnos por quien o lo que amamos.

Erich Fromm, un conocidísimo psicoanalista, pensaba que, en la madurez, uno busca amar más que ser amado, sin quitar peso a que toda relación amorosa, a excepción de la que mantenemos con nuestros hijos aún no independientes, debe estar basada en la reciprocidad.

Quienes sufren ansiedad patológica, en general, no esperan que los objetos amados les sean recíprocos, tampoco sería posible que lo fueran, puesto que se hacen responsables del bienestar del otro incluso cuando éste está sano y es autónomo. No se perdona dejar de hacer todo lo que está a su alcance para garantizar, con un afán fantasioso, la felicidad del objeto querido. Ello los lleva a construir relaciones desbalanceadas, en las que no es infrecuente que terminen sintiendo que han sido explotados por quien se suponían amados.

Naturalmente, quienes padecen limerencia no aman de un modo maduro, desean ávidamente ser amados, sin importar que el objeto de su sentimiento ya no quiera permanecer a su lado o que nunca haya querido siquiera iniciar una relación con él o ella. Probablemente, una de las expresiones más sublimes de amar es dejar ir a quien así lo prefiere, aun cuando lo que se siente por él o por ella sea profundo e intenso.

Me parece que vivenciar limerencia puede estar mediado por muy distintas fragilidades. Debilidades ancladas en creencias nucleares como: la de no ser querible, ser inferior a otros, ser defectuoso, desagradable, poco atractivo, etc. La necesidad de ser querido podría llevar al deseo desesperado de que el objeto de limerencia le fuera recíproco en cuanto a sus sentimientos, pero el temor a que no se diera de esa manera le hace abstener de intentar conquistar a dicha persona. La fantasía de ser amado por él alimenta la presencia ideal del objeto, puesto que de confirmarse el afecto que tanto ha anhelado por parte de él podría demostrar que la creencia devaluatoria de sí mismo que estaría en la base de tal estrategia sería falsa.

Así como nuestra valía no es confirmada por el hecho de ser queridos, tampoco nuestros defectos, por muy serios que sean, son contradichos cuando contamos con alguien que nos ama, incluso cuando se trate del objeto más deseado.

 

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