Pérdida ambigua y sentido


Cuando iniciaba mi práctica en Puerto Varas, conocí a una paciente atribulada entonces por una crisis de fe. Le conturbaba que el dios en que había creído toda su vida hubiese sido tan cruel con Abraham, el patriarca del Génesis, al demandar de él, como prueba de fe, el sacrificio de su hijo, Isaac.

Semanas después de haber abordado el asunto conmigo, regresó para expresar que ahora veía las cosas de modo diferente: Dios no había exigido tal sacrificio como prueba de fe para Él -lo que hubiese sido un contrasentido considerando que Dios es omnisciente, y, por tanto, no tenía por qué dudar de Abraham-, sino para que, en esa situación límite, éste se demostrará a sí mismo lo que era capaz de hacer por el Señor.

A uno le puede parecer que, con esta nueva mirada, la paciente no atenuó en nada el carácter sádico de la mentada prueba, sin embargo, el sentido descubierto alejó todas las dudas que hasta entonces albergaba. Mi explicación a tal viraje, después de transcurridos tantos años, es que, probablemente, lo que permitió a la paciente continuar observando su fe fue integrar (“asimilar”, en términos estructuralistas) la nueva lectura de aquel pasaje bíblico a su sistema de creencias. De este modo, la disonancia que provocaba la anterior interpretación desapareció, y la nueva lectura puede que haya fortalecido un compromiso más consciente con su fe.

El caso anterior nos recuerda, en cierto modo, un relato que Viktor Frankl hace en El hombre en busca de sentido, donde quien consultaba con él no podía sobreponerse a la pérdida de su mujer. Después de que Frankl le preguntó por lo que habría ocurrido en caso de haber sido su mujer quien lo hubiese sobrevivido, el viudo contestó que habría sido un dolor insoportable para ella. A lo que el psiquiatra replicó: “¿no se da cuenta de que usted le ahorró a ella un tal sufrimiento y que para conseguirlo fue usted quien tuvo que sobrevivirla y llorar su muerte?”. Aserto que, al parecer, caló suficientemente en el doliente de modo que lo ayudó a aliviar el duelo prolongado que había padecido.

Frankl, con este ejemplo, confirma que el valor no reside en el sufrimiento, sino en la actitud con que se asume, con la capacidad de soportarlo. Cuando se encuentra un sentido para el sufrimiento – afirma-, como ocurre en el sacrificio, deja, de alguna manera, de ser sufrimiento.

Es, más o menos, evidente que dar sentido a la adversidad que toca afrontar no debiera ser equivalente a autoengañarse, menos a que sea el terapeuta de turno quien lo promueva, pero también es verdad que todos nos contamos cuentos, y quién es uno para cuestionar la forma en que los otros arrostran sus pesares.

Desde una perspectiva cognitivista, sin embargo, lo que se busca es que el o la paciente comprenda las distorsiones que se sostienen tras la falta de aceptación de la partida de quien era importante para él o ella, para combatirlas después con pensamientos lo más racionales y realistas posibles. Perder a quien nos ha acompañado por largo tiempo y lo hizo de un modo en que resulta difícil imaginar que pueda ser igualado por alguien más puede desencadenar cogniciones asociadas a culpa (“debí insistirle para que consultara antes con un médico”) a indefensión (“¿cómo me las voy a arreglar sin él o ella?”), a desesperanza (“me voy a quedar sol@ por el resto de la vida”) y a pérdida de sentido vital (“sin él o ella no vale la pena seguir adelante”). Cogniciones que deben ser exploradas con precisión, para evaluar después la forma en que es deseable confutarlas. Y, una vez que son desconfirmadas, se abre paso a la correspondiente aceptación de lo ocurrido. Lo que, por supuesto, no tiene que ser equivalente a dejar de extrañar a quien partió.

Existe una pérdida que por su naturaleza es particularmente compleja, para la que se dice no existe cierre posible, por lo menos en cuanto al abordaje terapéutico, y es la conocida como “pérdida ambigua”. Concepto acuñado, por Pauline Boss, quien ha estudiado sistemáticamente el proceso del duelo por alrededor de cinco décadas, y ha administrado un modelo basado en la búsqueda o descubrimiento de sentido.

Para Boss, una de las máximas autoridades en la materia, existen dos subtipos de estas pérdidas: aquellas en que el ser querido se mantiene físicamente presente, pero su alma, por así decirlo, se ha esfumado (enfermedad de Alzheimer, por ejemplo) y aquellas en que no se ha encontrado el cuerpo de quien desapareció, pero con quien se mantiene un vínculo psicológico.

Es intuible que quienes sufren pérdidas como éstas vivan un proceso semejante al duelo, pero no pueden avanzar a un cierre del mismo, pues los objetos de sus afectos mantienen algún tipo de presencia. Se sabe, no obstante, de experiencias en contrario.

Theo Hollander, un investigador neerlandés independiente, publicó en 2016 un muy interesante y bien escrito artículo sobre el impacto de la desaparición de familiares en aldeas del norte de Uganda durante los últimos cuarenta años. Describe en este paper el caso de una mujer en que tres de sus hijos fueron secuestrados junto a muchos otros miembros de la comunidad. Después de que durante tres años algunos de aquéllos hubieron regresado, pero no sus hijos, y hasta que ya no regresó ninguno más, la madre perdió toda esperanza, y, en sus palabras, se levantó, dejó atrás el dolor y el estrés, y volvió a concentrarse en el cuidado de quienes todavía vivían con ella.

Ésta, a mi juicio, es una forma de cierre aun cuando no existan restos que observar ni ritos fúnebres que realizar. Una forma legítima y autodeterminada, que probablemente se abre como opción ante la imposibilidad de hacer averiguaciones del paradero de quien desapareció y ante la carencia de recursos para llevar adelante acciones legales contra quienes hayan sido los perpetradores.

Para quienes, en cambio, cejar en la búsqueda de los suyos, con la esperanza de que aún sigan vivos o, al menos, de encontrar sus restos, va contra la obligación de respetar el recuerdo de quienes desaparecieron o contra el imperativo de hacer justicia, pese a que ello represente vivir una doble vida, una que ya no avanza y otra que no se detiene. Tal y como lo expresa Paulus Visser en el documental que realizó su hija Fifi, donde se registra la vigésimo quinta visita anual de él y su mujer, Loes, a Chile desde Países Bajos. Visitas que ya son cuarenta, desde que desapareció su hijo Marteen Melle, de entonces 18 años, después de pasar una noche en el refugio “Teski” del volcán Osorno.

Quienes han perdido a alguien de esta forma viven con incertidumbre, con la ilusión recurrentemente frustrada, con sentimientos de ambivalencia, de culpa y de injusticia. También tienden a aislarse de su comunidad, puesto que quienes fueron solidarios en un inicio siguen con lo suyo después y los que han sufrido la pérdida pueden no querer participar de las alegrías que quizás experimenten otros. En este contexto, las tensiones familiares son persistentes e, incluso, las rupturas son muy frecuentes; aunque sí se observa fortalecimiento de vínculos en una proporción que dependerá de factores socioeconómicos y culturales.

Puede que muchas de las personas que pierden a un ser querido por desaparición se sientan muy confundidas inicialmente, sin saber qué es lo más oportuno y urgente de llevar a cabo, ni cómo invertir las energías y recursos. Quizás, aclarar aquí objetivos inmediatos sea relevante, así como establecer prioridades e implementar un plan de acción que les sean funcionales. Pero, después, habría que detenerse en los sentimientos desproporcionados y paralizantes, si acaso se instalan, así como en la perpetuación de dinámicas relacionales disfuncionales, consecuencia probable de aquellos sentimientos. Sentimientos a los que subyacen creencias distorsionadas que sería deseable corregir.

Mi impresión es que el sentido se da de modo prácticamente espontáneo, probablemente en la gran mayoría de quienes han tenido que pasar por algo así, y no porque se active una especie de pulsión -como creyó Frankl- que conduzca a la búsqueda de un propósito, sino porque se elige un camino, que será funcional a la profundidad del sentimiento amoroso y a la estructura valórica que los impulsa. Y lo eligen así aun cuando les signifique “vivir dos vidas”.

Mis respetos a ellos. Y mi repulsa para quienes han hecho de los actos de desaparición forzada o bien un negocio, o bien una medida sistemática de terrorismo de Estado.

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