Estoicismo moderno

 

En medios de comunicación y en redes sociales circulan habitualmente distintos lemas que pueden cobrar un sentido adaptativo y hasta profundo en quienes se sienten confundidos o en quienes están empeñados en buscar estrategias de crecimiento personal. Sin embargo, por su propia estructura aforística, estos mensajes son ambiguos y pueden ser interpretados de maneras incluso opuestas.

A finales del milenio, Lawrence Becker con su libro “Un nuevo estoicismo” provocó el renacimiento de esta filosofía, pero con una forma que distaba de su primera versión postaristoteliana. Desde entonces, mucho del contenido que circula se remite a aforismos de estoicos griegos y romanos. Incluso Donald Robertson (2010) sustentó la tesis de que la filosofía estoica subyace a la terapia cognitivo-conductual. Y se dice también que la logoterapia de Frankl habría sido influida por la misma escuela de pensamiento.

Como se comprenderá, no es este el lugar para hacer un juicio histórico de la filosofía estoica ni tampoco de su valor en modelos psicoterapéuticos modernos, sólo quiero advertir a mis pacientes que la vaguedad de ciertas expresiones, sobre todo cuando se toman aisladamente, desconectadas del cuerpo teórico en que fueron formuladas, y se asumen como si estuvieran fundadas en una sabiduría incluso milenaria, pueden llevarlos a la autorecriminación o al desgaste y la frustración, consecuencias de esfuerzos mal dirigidos.

Veamos un par de ejemplos.

En los programas para adicciones de “doce pasos”, la plegaria de la serenidad, que pareciera haber sido inspirada por la filosofía estoica, juega un papel importante: "Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las que puedo, y la sabiduría para reconocer la diferencia".

En general, se interpreta como que lo que realmente está bajo nuestro control es nuestro mundo interno, no así lo que nos es exterior. Pero, independientemente de cómo se interprete, se entenderá que de lo que somos capaces hoy no lo éramos hasta hace cierto tiempo y que podremos tener nuevos recursos en un futuro más o menos cercano, que entre los nuestros propios están los que se suman a los de otros y, por último, que muchas veces vale la pena disponerse a la acción aun cuando no tengamos certeza de que podremos incidir de alguna manera en una realidad que pueda superarnos individualmente. Sin olvidar que, muchas sino la mayoría de las veces, tenemos un control parcial sobre las cosas. ¿Tendríamos, entonces, que cuantificar nuestra cuota de control y sentirnos satisfechos o no de acuerdo al cumplimiento de esa incierta cuota?

No quiero parecer escéptico, ni tampoco pretendo ser irrespetuoso con quienes han encontrado valor a estas expresiones, sin embargo, verán que es fácil descomponerlas y exponer incluso su falta de sentido.

Otro aforismo que ha circulado ampliamente es uno atribuido al filósofo romano Séneca, contemporáneo de Cristo, que se conecta con la plegaria recién señalada. Es el que dice, en latín: vincit qui patibur (“vence quien soporta”).

Patibur (soportar) no implicaría – según la interpretación habitual- resignación ni pasividad ante las circunstancias difíciles. No es aguantar sin hacer nada, sino resistir sin perder la templanza, aceptando con serenidad aquello que no se puede controlar, al tiempo que se actúa con determinación sobre lo que sí depende de uno mismo. Consistiría en enfrentar las dificultades con entereza, decisión y disciplina emocional, sin ceder al caos emocional ni al desaliento, transformando los obstáculos en oportunidades para fortalecer el carácter.

Este lema, usado motivacionalmente, encerraría una de las ideas más profundas del pensamiento clásico, afirman los modernos estoicos: la victoria no pertenece al más fuerte, sino al que persevera. Según éstos, la resistencia sería la forma más silenciosa y, poderosa de la victoria.

Claro que todo esto parece muy razonable, pero acaso la inmensa mayoría de los seres humanos no tienen diariamente que arrostrar situaciones adversas que los obligan a mantenerse de pie y seguir adelante, algunos salen fortalecidos y otros, los que sobreviven, extenuados y gravemente dañados, pero “resilientes” y con el carácter fortalecido, seguramente.

Y si la victoria no la logra quien es más fuerte, como David lo hizo frente a Goliat, es porque la fuerza no siempre es muscular y para resistir también se requiere poder, no sólo espiritual sino también muscular. Una masa débil puede vencer a quien tiene el poder material e incluso las armas más letales; su número se convierte en su fortaleza, como también la inteligencia de su estrategia y la claridad de su objetivo. En fin, fuerza y resistencia son caras de una misma moneda.

Importa mucho que pacientes que estén sufriendo no concluyan que su fragilidad es consecuencia de no haber afrontado con serenidad la adversidad, puesto que el ánimo depresivo se instala pese a que no necesariamente se haya debido arrostrar alguna situación especialmente difícil. Cuando sí hay situaciones de esa calidad asociadas, el paciente no debe olvidar que quizás muchas veces en la vida sobrellevó situaciones aún más difíciles sin que ellas lo llevaran a sufrir una depresión.

Quienes padecieron cuadros depresivos tampoco deben desestimar que, pese a ver limitados sus recursos cognitivos y físicos, pudieron “resistir” esperando a que sus síntomas cedieran, las más de las veces de modo espontáneo.

Resistir, que nunca es fácil para un paciente deprimido, implica no dejarse llevar por la desesperación y la desesperanza, que por sí son sentimientos muy difíciles de tolerar, sino aguantar a que pase el monzón, porque de modo altamente probable podrán recuperarse al cien por cien, incluso sin tratamiento, despejándose así el cielo estival. El tratamiento garantiza que se sufra menos y por menos tiempo y que los síntomas no se cronifiquen.

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